sábado, 23 de octubre de 2010

LA CENICIENTA


LA CENICIENTA
Por
Charles Perrault
Había una vez un hombre muy rico que perdió a su esposa y quedó solo en el    mundo con su pequeña hija. Por más que se sintieran muy tristes y  solitarios, los dos vivieron reponiéndose de la dolorosa pérdida. Pero al realizar un un viaje a otra comarca, el hombre conoció a una mujer y se casó de nuevo, y desde entonces las cosas cambiaron para la niña.
La nueva esposa trajo consigo a sus dos hijas que eran tan orgullosas como poco agraciadas. En cuanto vieron que la belleza de la pequeña las opacaba, se disgustaron mucho, y decidieron deshacerse de ella.
-   «¿Por qué vamos a permitir que la muy tonta se siente en la sala con nosotras?·» - se dijeron-. «¡Que se gane la vida trabajando! No sirve más que para la cocina. Pues ¡que cocine!»
Le quitaron sus bonitas ropas y la vistieron con unos pobres harapos y unos zapatos rotos. La obligaron a vivir en la cocina, y la hicieronon trabajar duramente. Tenía que levantarse con el alba,  encender el fuego, traer agua, cocinar la comida y lavar la ropa. ¡Y eso no era todo! Por la noche, después de un largo día de trabajo, la pobre criatura ni siquiera tenía una cama donde dormir. Para abrigarse del frío se acostaba en el hogar entre las cenizas y los   rescoldos, y, por esta razón, comenzaron a llamarle Cenicienta.  
Cierto día en que el padre se preparaba para ir a la feria, preguntó a las dos mayores qué deseaban que les trajese.
- Lindos vestidos- respondió una de ellas.
- Joyas- dijo la otra.
- ¿Y a ti, Cenicienta?- preguntó luego -. ¿Qué te gustaría?
- Tráeme, papá -contestó ella-, un fresco y verde brote de avellano; el primer brote que te roce el sombrero en el camino de regreso.
Compró el hombre en la feria ricos vestidos y resplandecientes joyas para los dos mayores; y, de vuelta, mientras cabalgaba por un estrecho camino del bosque, un fresco brote de avellano se quebró al rozar con su sombrero, al que hizo caer.
- ¡Vaya, vaya, por poco me olvido! -dijo el padre mientras arrancaba la ramita-. ¡Si es lo que me pidió la pequeña Cenicienta!  
Las dos mayores quedaron encantadas con sus lujosos regalos y muy pronto empezaron a pavonearse delante del espejo, acicalándose y adornándose como era propio de tan vanidosas criaturas. También a Cenicienta le gustó su modesto regalo, y fue a plantarlo en el jardín que había detrás de la casa. Todos los días se ocupaba del brote, así que creció y creció hasta convertirse en un pequeño árbol.
Cierto día llegó una paloma e hizo en el árbol su nido. Revoloteó entre las ramas, se posó en los pequeños tallos y arrulló suavemente. Cenicienta se encariñó con ella, pues era la única amiga que tenía. Le daba migajitas y semillas, y la paloma cantaba agradecida: «¡cucurru-cú, cu-curru-cú!»
Y sucedió que, por orden del rey, una gran fiesta iba a celebrarse en el palacio real. Debía durar tres días y tres noches, y todas las muchachas del reino fueron invitadas para que el príncipe escogiese su novia entre ellas. ¡Qué conmoción había en todas las casas! Todas las jóvenes del país estaban impacientes y llenas de esperanza, pero las más inquietas eran las dos hermanastras de Cenicienta. Se habían propuesto deslumbrar al príncipe costase lo que costase, y desde varias semanas antes de la fiesta ya se ajetreaban corriendo de aquí para   allá con sus preparativos.  
Por fin llegó el primer día de fiesta y las dos hermanas empezaron a vestirse para el baile. Les tomó toda la tarde. Cuando terminaron, valía la pena verlas. De seda y satén eran sus vestidos. Los polisones les quedaron bien abombados, sus corpiños estaban cargados de filigranas; y mientras por sus sayas pululaban y revoloteaban los lazos y los volantes, era de ver cómo los faralaes les adornaban las mangas. Llevaban campanitas que tintineaban y anillos que resplandecían, ¡y rubíes, y perlas, y alita de pájaro! Se embadurnaron las pecas y se taparon las cicatrices con diminutas lunas y estrellas y corazones. Se empolvaron el pelo y se lo empingorotaron tan alto como pudieron con plumas y flechas enjoyadas. A última hora llamaron a Cenicienta para que les hiciera los bucles, les atara los lazos del corpiño y les limpiara los zapatos. Cuando la pobre muchachita se enteró de que iban a una fiesta en el palacio del rey, le resplandecieron los ojos y preguntó a su madrastra si no podría ir ella también.
- ¿,Tú? -chilló la mujer- ¿Toda llena de polvo y ceniza, y todavía quieres ir al baile? ¡Pero     si no sabes bailar, y además no tienes vestidos!
Pero Cenicienta rogó y rogó, y por fin la madrastra, para salir de ella, le dijo:
- Bueno, mira lo que voy a hacer. Echaré una cazuela de lentejas en la ceniza, y si en dos horas puedes recoger las que estén buenas y ponerlas otra vez en la cazuela, te dejaré ir.
Cenicienta sabía muy bien que no podría hacerlo nunca por sí sola, pero también sabía una cosa que nadie más sabía; y es que su arbolito era un avellano mágico, y la palomita un hada. Así que fue a colocarse debajo de las ramas y dijo suavemente:
- ¡Palomita y consuelo, mi hada querida, con las aves del cielo ven enseguida!
A lo que contestó la paloma:
- ¡Cu-curru-cú! ¿Qué quieres tú?.
Y Cenicienta le dijo:
- ¡Lléname la cazuela, vuela que vuela!
Y allá se fue volando la paloma y con ella todos los pájaros del cielo. Arriba y abajo, se movían las cabecitas mientras recogían las lentejas. «Pic-pec, pic-pec, pic-pec!» hacían los pájaros, y en un instante estuvieron todos los granos buenos en la cazuela. Pronto echaron a volar y desaparecieron, mientras Cenicienta se apresuraba a llevar a su madrastra la cazuela llena de lentejas.  
Aquello la irritó tanto, que dijo de muy mal humor:
- No puedes ir de ninguna manera. Ni tienes vestido, y, además, es imposible que bailes con esos pies tan toscos.
Las lágrimas rodaron por las mejillas de Cenicienta, y tanto le rogó, que por fin la madrastra le dijo:
- Muy bien. Te daré otra oportunidad. Esta vez tendrás que limpiar dos cazuelas de lentejas en una sola hora - y se marchó diciendo que aquello la mantendría entretenida hasta que ya ella y sus hijas estuviesen camino de la fiesta.
De nuevo fue Cenicienta a pararse debajo del avellano, y dijo suavemente:
- ¡Palomita y consuelo, mí hada querida, con las aves del cielo ven enseguida!
Y todo volvió a pasar lo mismo que antes. La palomita mágica y todos los pájaros del cielo vinieron volando y, en un santiamén, limpiaron las lentejas de cenizas y llenaron las dos cazuelas hasta los bordes.
Cenicienta las llevó a su madrastra y preguntó:
- ¿Puedo ir ahora?
Pero la madrastra se puso furiosa:
- ¡No seas tonta! -gritó-. No tienes vestido para ponerte. Además, no podrías bailar con esos zuecos que llevas. Nos avergonzarías a todas. Y con esto le volvió la espalda y se marchó corriendo al baile con sus dos orgullosas hijas.
Pero Cenicienta no se puso entonces a llorar y a lamentarse, como podría suponerse, sino que se convirtió en la muchacha más atareada que se haya visto nunca. Se lavó la cabeza hasta dejársela sin una sola ceniza, y luego se peinó el pelo de modo que le rodeaba la cara como una nube de oro. Luego se bañó, y se frotó y restregó hasta quedar radiantemente limpia. ¡Quién iba a imaginar nunca que no era más que una pobre cocinerita que dormía entre las cenizas y los rescoldos de la chimenea! En cuanto estuvo lista, fue a colocarse debajo de su avellano y, mirando hacia las frondosas ramas, dijo:
- ¡Arbolito querido, de tu ramaje llueva pronto un vestido todo de encaje!
Entre las ramas hubo como un rumor y un fulgor y al punto desaparecieron los harapos de Cenicienta y un rutilante vestido de encaje cayó sobre ella. En vez de sus zapatones de madera, dos diminutas zapatillas de oro cubrían sus pies. Una estrella de diamantes anidaba en su sedoso cabello y resplandecía con todos los colores del arco iris. Cenicienta se sentía alegre y feliz, y corrió entusiasmada a la fiesta. Cuando hizo su aparición en el palacio, estaba tan radiante y magnífica, que nadie la reconoció, ni siquiera la madrastra y sus dos orgullosas hijas.  
En cuanto al príncipe, no tuvo ojos para nadie más desde que la vio. La tomó de la mano y no se separó de su lado en toda la noche. A los que quisieron bailar con ella los apartó diciendo:
- Lo siento mucho, pero esta pequeña bailarina es mía.
Cenicienta era muy feliz; pero sabía que su dicha no iba a durar mucho tiempo. La paloma le había advertido que sus encantadores vestidos desaparecían al toque de medianoche; de modo que, a partir de las doce menos cuarto, Cenicienta no se vio por ninguna parte. Cuando el príncipe se dio cuenta, la buscó desesperadamente por todo el palacio, pero no pudo encontrarla.
Entretanto, la pequeña bailarina había llegado ya al patio de su casa. Al pasar junto al avellano, el reloj dio las doce. Sus rutilantes vestidos desaparecieron, cayeron sobre ella los mugrientos harapos y entró en la casa sonando sus viejos zapatones de madera. ¡Ya no era sino Cenicienta, la pobre cocinerita de siempre!. Tiritando de frío, con sus pobres harapos, se acostó junto a las   cenizas y a los rescoldos, como de costumbre; pero estaba demasiado inquieta para dormirse. Cuando llegaron la madrastra y sus orgullosas hijas, todavía estaba despierta, y pudo escucharlas conversando en el cuarto inmediato:  
- ¿Quién sería esa pequeña belleza misteriosa -dijo la madrastra-, y por qué desaparecería tan de repente?.
- Nadie lo sabe -dijo la mayor de sus hijas-. Yo, por mi parte, me alegro de que se fuera. ¿Quién iba a tener la menor oportunidad si llega a quedarse?
- Estoy de acuerdo contigo -dijo la otra-. Pero, de todos modos, me gustaría saber de dónde vino. 
¡Quién iba a decirles que la misteriosa doncella había salido de su propia casa y que, en aquel momento, vestida de harapos, dormía entre las cenizas y los rescoldos del hogar!
Al día siguiente todo sucedió otra vez de la misma manera. La madrastra y sus orgullosas hijas se emperifollaron con vuelitos y faralaes y se marcharon al baile con mucho tintineo y mucho roce de colas.
De nuevo el arbolito hizo que lloviese un vestido sobre Cenicienta, sólo que esta vez era aún más hermoso que el de la víspera. En cuanto llegó al palacio, todas las miradas se volvieron hacia ella, y mientras la hermanastras ponían caras de vinagre, el príncipe corrió a su encuentro y no se apartó de su lado en toda la noche. A los que quisieron bailar con ella los apartó diciendo:
- Lo siento mucho, pero esta pequeña bailarina es mía.
El príncipe se sentía en extremo feliz, pero con gran disgusto suyo la bailarina volvió a escapársele un poco antes de la medianoche. Esta vez alcanzó a verla cuando se le escurría por la puerta. Corrió tras ella, pero la fugitiva conocía el camino y él lo ignoraba. A menudo la perdía de vista mientras volaba aquí y allá entre las calles oscuras, pero no se desanimaba por eso. Todavía alcanzó a vislumbrarla en el momento en que se deslizaba por el patio de la casa, pero estaba todo tan oscuro, que no pudo precisar dónde se había metido.
Cenicienta, escondiéndose entre los arbustos, llegó bajo el avellano en el preciso instante en que daban las doce. Se desvanecieron sus hermosos vestidos, y cuando el príncipe llegó a su vez al árbol, sólo pudo ver a una harapienta figurita que entraba en la casa chancleteando con sus grandes zuecos. ¿Cómo iba a imaginarse que se trataba de su pequeña bailarina?
- «¡Pero si entró en este patio, si yo mismo la he visto!» se decía. «Tenía que estar aquí escondida, en este jardín.»
El príncipe buscó por todos y cada uno de los rincones del patio, registró cada arbusto, miró en cada uno de los canteros; pero, por supuesto, su pequeña bailarina no aparecía por ninguna parte. Por fin, regresó a palacio, meneando la cabeza tristemente. «¡Ah, pero mañana será distinto!», se dijo. «¡Ya me encargaré yo de que no se escape!»  
La tercera noche, después que la malvada madrastra y sus dos orgullosas hijas se hubieron marchado, con su tintineo y su rumor de colas, Cenicienta se paró, como siempre que necesitaba, debajo de su querido arbolito y dijo:
- ¡Arbolito querido de tu ramaje llueva pronto un vestido todo de encaje!
Apenas había acabado de decir estas palabras cuando un vestido revoloteaba hacia ella desde las ramas, un vestido hermosísimo, como si estuviera hecho con rayos de sol. De lo alto bajó también flotando una minúscula corona, resplandeciente como si la formaran miles de gotas de rocío, y se posó ligera en su pelo: y dos diminutos zapatitos de oro, adornados con risueños diamantes, vinieron a calzársele con toda naturalidad. Pero todas estas maravillas no eran nada junto a la conmovedora belleza de su rostro,  su aire de sencilla modestia y la fina gracia de sus movimientos.  
Cuando entró, se acallaron todos los rumores, y el príncipe, rindiéndose a su hechizo, dobló la rodilla y le besó la mano. No quiso apartarse de su lado en toda la noche; su sonrisa era tan alegre, y bailaba con tanto gusto, que Cenicienta, sintiéndose más feliz de lo que cabe decir en palabras, se olvidó por completo del tiempo. Faltaba sólo un minuto para las doce cuando zafó ágilmente sus manos de los dedos del príncipe y, escabulléndose entre los invitados, se precipitó por las anchas escaleras que conducían a la calle. Pero el príncipe, decidido a no perderla de nuevo, había ordenado que pintasen de brea la escalera, y, al bajar veloz Cenicienta, uno de su zapatitos se hundió en la brea y quedó sujeto a ella. Como no había tiempo que perder, tuvo que seguir sin el zapato. En ese preciso instante dio el reloj las doce: desaparecieron sus hermosas ropas y allí estaba Cenicienta vestida de harapos y saltando escaleras abajo. Apenas había cruzado la gran puerta de entrada cuando apareció el príncipe corriendo, desolado y sin aliento. El guardia, que estaba dormido, se restregó los ojos.
- ¿No has visto a mi princesita?- le gritó el príncipe.
- ¿Princesita? -dijo el guardia-. ¡Oh, no, Alteza!
- ¿Nadie ha pasado por aquí? ¿Estás seguro? -insistió el príncipe.
- Sólo una pequeña pordiosera, Alteza -respondió el guardia-. Iba corriendo como si la persiguiera el diablo, aunque no puedo imaginarme por qué.
El príncipe pareció muy desanimado, y ya se marchaba, cuando vio el zapatito de oro pegado a la brea de los escalones. Lo recogió, admirándose de lo pequeño y gracioso que era. Sus ojos se   iluminaron. «Se me escapó, es cierto», se dijo, «pero he de buscarla hasta que la encuentre, y este adorable zapatito me enseñará el camino».
Muy temprano, a la mañana siguiente, el príncipe se presentó en casa de Cenicienta y dijo a la madrastra:
- La otra noche vi que mi pequeña bailarina desaparecía en tu jardín. ¿Es aquí donde vive?
La madrastra sonrió de gusto y sus dos orgullosas hijas se ruborizaron y empezaron a hacer las más extrañas muecas, de tantas esperanzas como tenían.
- He aquí algo que se le perdió anoche -dijo el príncipe, sacando el  zapatito de su bolsillo-; sólo será mi novia aquella muchacha que  pueda calzárselo.
Las mayor de las hermanas e probó primero. Su pie era esbelto, pero demasiado largo. Tanta fuerza hizo para calzárselo, que se lastimó el dedo gordo; pero pensó que bien valía la pena, pues iba a ser princesa por todo el resto de su vida. 
Cuando el príncipe la vio con el zapatito puesto, pensó que debía ser la muchacha que buscaba. La subió, pues, a la grupa de su caballo y emprendió el camino de palacio. Pero al pasar debajo del avellano, oyeron cantar a la palomita mágica de Cenicienta:
- ¡Cu-curru-cú! ¡Y él no ve cómo se le puso el pie!
Bajó el príncipe los ojos y vio que salía un poco de sangre del zapatito de oro. Cuando le pidió que caminara, la hermana mayor empezó a cojear que daba pena verla.
El príncipe comprendió que se había equivocado; volvió atrás y dio una oportunidad a la otra hermana. Pero ésta se hirió el pie al  ponerse el zapatito, pues lo tenía muy gordo. ¿Pero qué le importaba un poco de dolor si en lo sucesivo sería una princesa? Apretujó y apretujó el pie hasta que, por fin, se calzó el zapatito, y el príncipe la montó a lomos de su caballo y partió rumbo a palacio. Pero al pasar bajo el avellano, oyeron cantar a la palomita mágica de Cenicienta:
- ¡Cu-curru-cú! ¡Y él no ve cómo se le puso el pie!
Cuando el príncipe bajó los ojos, vio que el pie de la segunda hermana rebosaba y que por el talón le corrían unas gotitas de sangre. Al pedirle que caminara, la segunda hermana empezó a cojear que daba pena verla.
De modo que el príncipe regresó con ella a casa y dijo a la madrastra:
- ¿Hay aquí alguna otra muchacha?
- No, Alteza -dijo ella.
- ¿,Está segura? -dijo el príncipe-. ¡Tiene que haberla! Hace dos   noches yo vi a una muchacha entrar en esta casa.
- ¡Oh, no! -respondió la madrastra-. No hay aquí nadie más que una torpe cocinerita. No puede ser ella de ninguna manera.
- Déjeme verla -dijo el príncipe.
- ¡Pero es demasiado sucia y harapienta para que un príncipe la vea!.
- ¡Tráigala enseguida! ¡Es una orden! -dijo el príncipe. Y la miró tan severamente que no tuvo más remedio que obedecer.  
    
Cenicienta había escuchado esta conversación desde la cocina y, entretanto, no había perdido el tiempo. Se había lavado, restregado y sacudido las cenizas del pelo. Al entrar, bajó modestamente la cabeza, hizo una pequeña reverencia y fue a sentarse en la silla que le ofrecía el príncipe. Se quitó el grueso zapatón de madera, extendió su gracioso piececito y se calzó con toda naturalidad el minúsculo zapato de oro. Luego alzó tímidamente la cabeza, y cuando el príncipe vio su bello rostro y se miró en sus bondadosos ojos resplandecientes, exclamó:
- ¡Cómo pude equivocarme! ¡Ésta sí que es mi propia, mi verdadera y única princesita!
En ese momento se escuchó un zumbido y un rumor que parecía de alas, y nadie supo cómo, pero los harapos de Cenicienta desaparecieron y apareció vestida con sus magníficas ropas de fiesta. La madrastra y sus dos orgullosas hijas se quedaron mudas de asombro y furia. El príncipe las dejó rezongando y rechinando los dientes, y salió con Cenicienta de la mano. La alzó junto a sí sobre el caballo  y ya se alejaban alegremente cuando, al pasar bajo el árbol, oyeron el arrullo de la paloma:
- ¡Esta sí que es la novia para ti!
Enseguida bajó revoloteando a posarse en el hombro de Cenicienta, y los tres juntos: el príncipe, la princesa y su paloma mágica, cabalgaron lejos, muy lejos, hacia un delicioso castillo donde vivieron muy felices el resto de sus días.  

❤la verdadera historia de cenicienta ❤

LA CENICIENTA

La esposa de un hombre rico se enfermó y cuando sintió que su fin estaba cerca, llamó a su única hija junto a su lecho de muerte y le dijo: "querida hija, debo irme, pero cuidaré de ti desde el cielo. Te ayudaré cuando me necesites. Solo mantente piadosa y buena". Cuando dijo esto, cerró los ojos y murió.
La niña iba a la tumba de su madre todos los días, y se mantuvo buena y pía. Llegó el invierno y la tumba se puso blanca de nieve; para cuando la primavera derritió la nieve, el hombre rico ya se había casado con otra mujer.
Ella trajo dos hijas a la casa, junto con ella. Eran lindas, con lindas caras, pero malvadas y de corazón sombrío. Los tiempos se pusieron muy malos para la pobre hijastra.
Qué hace esta inútil en el mejor cuarto de la casa, dijo la madrastra, que se vaya a la cocina. Y si quiere comer, tiene que ganárselo, que sea nuestra sirvienta.
Le quitaron sus bonitos ropas y le dieron a cambio un viejo vestido gris y unos zapatos de madera, burlándose de ella, llevándola a la cocina. La pobre niña tuvo que hacer los trabajos más difíciles; tenía que levantarse antes del amanecer, cargar agua de la fuente, hacer el fuego, cocinar y lavar. Para colmo de males, sus hermanastras la ridiculizaban, y mezclaban alverjas con lentejas en las cenizas, y ella tenía que pasar todo el día escogiéndolas. En la noche, cuando estaba cansada, no había cama para ella y tenía que echarse junto a la chimenea, en las cenizas. Porque siempre andaba sucia de polvo y ceniza, la empezaron a llamar Cenicienta.
Un día el padre se iba a ir a la feria del pueblo, y preguntó a las hijastras qué cosa querían que les trajera.
-Lindos vestidos, dijo una
-Joyas y perlas, dijo otra
- ¿Y tú Cenicienta, qué cosa quieres?
- Padre, tráeme la primera ramita que roce tu sombrero a la hora del regreso.
Así, el padre compró lindos vestidos, perlas y joyas para sus hijastras. En el camino de regreso a casa, mientras cabalgaba por una quebrada, una rama de avellano le rozó la cabeza, echando a volar su sombrero. Entonces rompió la rama y la llevó con él a casa. Dio los regalos a las hijastras, y a Cenicienta le dio la ramita cortada.
Cenicienta le agradeció, y fue a la tumba de su madre. Ahí plantó la ramita, y lloró tanto que sus lágrimas cayeron sobre ella y la regaron. La ramita creció y se convirtió en un bello árbol.
Cenicienta iba a su árbol tres veces al día, para llorar y rezar. Una paloma blanca se paraba cada vez en el árbol, y cada vez que Cenicienta pedía un deseo, la paloma le alcanzaba lo que ella había pedido.
Entonces, por esos tiempos, sucedió que el rey anunció una gran fiesta de tres días, con baile, donde el príncipe escogería una novia entre todas las chicas que fuesen invitadas. Cuando las dos hermanastras escucharon que ellas habían sido invitadas, se alegraron mucho.
Llamaron a Cenicienta y le ordenaron:
-Cenicienta, péinanos. Lustranos los zapatos y ponnos cintas en el pelo. Nos vamos al baile en el palacio del rey.
Cenicienta obedeció, pero llorando, porque ella también quería ir a la fiesta. Le rogó a la madrastra que le diera permiso para ir.
- Tú, Cenicienta? dijo la madrastra. Tú? Toda sucia y cubierta de polvo, tú quieres ir al baile? No tienes ni zapatos ni vestido, y así todavía quieres bailar!
Ya que Cenicienta seguía insistiendo, la madrastra le dijo: -He esparcido una vasija de lentejas entre las cenizas para ti. Si las puedes recoger en dos horas, puedes ir con nosotras.
La muchacha fue al patio y llamó: Palomas, palomitas, todos ustedes pajaritos que vuelan bajo el cielo, vengan y ayúdenme!
Las buenas a la olla
las malas al fogón
Dos palomitas blancas entraron por la ventana de la cocina, y las palomas torcazas, y las cuculís y todos los pajaritos del cielo entraron chillando y picoteando entre las cenizas. Movían sus cabezas y picaban, picaban, picaban. Todas las aves empezaron a picar, picar, picar. Pusieron todos las buenas lentejas en la olla. No se les escapó ni una.
La muchacha llevó la olla donde la madrastra, y estaba feliz, pensando que ahora le permitirían ir al baile. Pero la madrastra dijo: -No Cenicienta, no tienes ropa, y no saabes bailar. Todos se van a reír de ti.
Cenicienta empezó a llorar, y cuando la madrastra dijo: puedes ir si eres capaz de recoger dos tazones de lentejas de entre la ceniza para mí, en una hora.- La madrastra pensaba que Cenicienta nunca podría hacerlo.
La muchacha fue otra vez al patio y llamó: Palomas, palomitas, todos ustedes pajaritos que vuelan bajo el cielo, vengan y ayúdenme!
Las buenas a la olla
las malas al fogón
Dos palomitas blancas entraron por la ventana de la cocina, y las palomas torcazas, y las cuculís y todos los pajaritos del cielo entraron chillando y picoteando entre las cenizas. Movían sus cabezas y picaban, picaban, picaban. Todas las aves empezaron a picar, picar, picar. Pusieron todos las buenas lentejas en la olla. No se les escapó ni una.
La muchacha llevó la olla donde la madrastra, y estaba feliz, pensando que ahora sí le permitirían ir al baile. Pero la madrastra dijo:
- De ninguna manera. No vas con nosotras, porque no tienes vestidos y porque no sabes bailar. Nos llenarías de verguenza!
Al decir esto, le dio la espalda a Cenicienta y partió con las dos altaneras hermanastras al baile.
En ese momento, cuando no había nadie más en la casa, Cenicienta fue hacia la tumba de su madre, bajo el gran avellano, y llamó:
menéate, sacúdete
arbolito de avellano
dame oro dame plata
meneate por mi
Entonces la paloma le arrojó un vestido de oro y plata, y unos lindos zapatos de seda y plata. Rápidamente Cenicienta se puso el vestido y partió al baile.
Sus hermanastras y la madrastra no la reconocieron. Pensaron que era una princesa extranjera, porque se veía tan bonita en su vestido dorado. Nunca se iban a imaginar que era Cenicienta, porque pensaban que ella estaba envuelta en el polvo de la casa, buscando lentejas entre la ceniza de la chimenea.
El príncipe se le acercó, la tomó de la mano y bailó con ella. Después no quiso bailar con ninguna otra. Nunca le soltó la mano, y si alguien venía a pedirle a Cenicienta para bailar con ella, el contestaba: es mi pareja de baile.
Bailaron hasta muy tarde, y Cenicienta quiso volver a casa.. Pero el príncipe le dijo: iré contigo, yo te acompañaré", porque quería ver donde vivía la linda chica. Sin embargo, ella se escabulló y se escondió en el palomar. El príncipe esperó hasta que llegó el padre, y le contó que la chica desconocida había saltado dentro del palomar.
El viejo pensó, ¿se tratará de Cenicienta?
Hizo que trajeran un hacha y derribó el palomar, pero no había nadie adentro. Cuando entraron a la casa, Cenicienta estaba echada en las cenizas, vestida con sus viejas ropas. Un lamparín ardía en la habitación. Cenicienta había saltado rápidamente del palomar y había corrido al avellano. Ahí se sacó el lindo vestido y lo dejó sobre la tumba, y las aves se lo llevaron otra vez. Se vistió con su camisón gris y regresó a sus cenizas en la cocina.
Al día siguiente, cuando el baile empezó otra vez, y sus padres y hermanastras habían partido otra vez, Cenicienta fue al avellano y cantó:
menéate, sacúdete
arbolito de avellana
dame oro dame plata
meneáte por mí
Y los pajaritos le tiraron un vestido todavía más bonito que el del día anterior. Cuando Cenicienta apareció en el baile con ese vestido, todo el mundo estaba impactado por su belleza. El príncipe había esperado a que ella viniera, e inmediatamente la tomó de la mano y bailó solamente con ella. Cuando otros venían a pedirle que bailara con ellos, él decía: ella es mi pareja de baile
Cuando se hizo tarde, Cenicienta quiso irse. el príncipe la siguió, queriendo descubrir a qué casa se dirigía. Pero ella se escapó de él y entró al jardín detrás de la casa, donde había un hermoso árbol de peras. Ella trepó tan ágilmente como una ardilla entre las ramas, y el príncipe no supo adonde se había ido. Esperó hasta que vino el padre, y le dijo: la muchacha desconocida se escapó de mí, y creo que se ha trepado al peral
El padre pensó, ¿se tratará de Cenicienta?
Hizo que trajeran un hacha y derribó el árbol, pero no había nadie en él. Cuando entraron a la cocina, Cenicienta estaba echada en las cenizas, como de costumbre, ya que había saltado del otro lado del árbol y había corrido para devolver el vestido a la paloma en el avellano y vestirse nuevamente con su camisón gris.
Al tercer día, cuando sus padres y hermanas de se habían ido, Cenicienta acudió otra vez a la tumba de su madre y le cantó al árbol:
menéate, sacúdete
arbolito de avellana
dame oro dame plata
meneáte por mí
Esta vez la paloma le tiró un vestido que era todavía más bello y deslumbrante que cualquiera que hubiera tenido antes, y los zapatos eran de oro puro. Cuando llegó al baile con su vestido, todos se quedaron atónitos sin saber qué decir. El príncipe solamente bailó con ella, y cuando cualquiera se acercaba a pedirle un baile, él les decía: ella es mi pareja de baile.
Cuando se hizo tarde, Cenicienta quiso irse, y el príncipe trató de acompañarla, pero ella se escapó tan rápidamente de él que no pudo seguirla. El príncipe, sin embargo, le había puesto una trampa. Había derramado resina por toda la escalera. Cuando ella bajó, dejó su zapato izquierdo pegado en un escalón. El príncipe lo recogió. Era pequeño y delicado, de oro puro.
A la mañana siguiente, llevó el zapato donde el padre y le dijo: "Nadie será mi esposa, excepto aquella a la que le calce perfectamente este zapatito de oro".
Las dos hermanas se pusieron contentas al escucharlo, porque tenían bonitos pies.Al lado de su madre, la hermana mayor se llevó el zapatito a su habitación para probárselo. No pudo meter su gran dedo gordo en él, ya que el zapato era muy chico para ella. Entonces la madre le dio un cuchillo y le dijo: "córtate el dedo gordo. Cuando seas reina no tendrás que caminar más".
La chica se cortó el dedo gordo, metió su pie y se aguantó el dolor. Así, salió con el príncipe, que la montó a la grupa del su caballo como si fuera su novia. Sin embargo, mientras estaban pasando por la tumba, ahí, en el avellano, estaban dos palomas que cantaban:
Oyelo oyelo bien
hay sangre en su pie
el zapato le aprieta
la novia está chueca
Entonces el le miró el pie y vio como la sangre estaba chorreando. Dio la vuelta a su caballo y trajo a la falsa novia a su casa otra vez, diciendo que no era la indicada, y que la otra hermana debía probarse el zapatito. Ella se fue a su cuarto y metió perfectamente los dedos en el zapato, pero no le entraba el talón porque lo tenía demasiado grande.
Entonces la madre le dio el cuchillo y le dijo: "corta un poco de tu talón, cuando seas reina ya no tendrás que caminar".
La chica se cortó un pedazo de talón, metió el pie al zapatito, se aguantó el dolor, y salió con el príncipe. El la montó a la grupa del caballo como si fuera su novia. Cuando pasaron bajo el avellano, las dos palomas sentadas, cantaron:
Oyelo oyelo bien
hay sangre en su pie
el zapato le aprieta
la novia está chueca
Entonces el le miró el pie y vio como la sangre estaba chorreando manchando sus medias blancas de rojo. dio la vuelta a su caballo y trajo a la falsa novia a su casa.
Esta no es la indicada tampoco, dijo. NO tienes otra hija?
No, dijo el padre. Solo hay una contrahecha y pequeña Cenicienta, hija de mi primera esposa, pero ella no creo que sea la novia.
El príncipe le dijo que se la mandara, pero la madre respondió: "Oh no, ella está muy cochina. No la puede ver".
Pero el príncipe insistió y tuvieron que llamar a Cenicienta. Ella primero se lavó las manos y la cara, y después fue y se inclinó frente al príncioe, quien le dio el zapatito de oro. Cenicienta se sentó en un banquito, se sacó sus pesados chanclos de madera y se puso el zapatito. Le quedaba perfecto.
Cuando se paró, el príncipe la miró a los ojos y reconoció a la hermosa joven que había bailado con él. El gritó "ella es mi verdadera novia".
La madrastra y las dos hermanas estaban horrorizadas y se pusieron pálidas de la ira. El príncipe no les hizo caso y montó a Cenicienta en la grupa de su caballo y partió con ella. Cuando pasaron bajo el avellano, las dos palomas blancas cantaron:
Oyelo oyelo bien
no hay sangre en su pie
el zapato no aprieta
la novia es perfecta
Después de cantar esto, las dos palomas volaron y se posaron en los hombros de Cenicienta, una en el derecho, la otra en el izquierdo, y permanecieron ahí.
Cuando se iba a celebrar la boda con el príncipe, las dos falsas hermanas llegaron, buscando congraciarse con Cenicienta y compartir su buena fortuna. Cuando la pareja nupcial entró a la iglesia, la hermana mayor caminaba a su lado derecho, y la menor a su lado izquierdo. Las palomas le sacaron un ojo a cada una de ellas. Más tarde, cuando la pareja salió de la iglesia, la mayor estaba al lado izquierdo, y la menor al derecho; entonces las palomas les picaron el otro ojo a cada una de ellas. Y así, por su maldad y falsía, las hermanastras fueron castigadas con la ceguera por el resto de sus vidas.